La Jacaranda se mecía al viento. Sus flores, violáceas y lánguidas, se dejaban acariciar por el vaivén que anunciaba la llegada del otoño. Dentro de algún tiempo dejarían de aferrarse a los largos dedos pardos que las asían y caerían una a una en silencio, poco a poco, dejando a su paso un barullo de ramas frágiles y grisáceas, que se erguirían como manos orgiásticas hacia el cielo, implorando vagamente por el retorno de tiempos menos ásperos.
Eugenio miró hacia la ventana. Hacía tiempo que todas las flores habían caído. Algunos recuerdos lo invadían. Inmerso en las páginas que tenía delante, no había notado la sucesión de los minutos que, como en una vorágine, ahora lo empapaban en desvelo; estaba extasiado. Cerró el libro. Recogió sus cosas con premura y salió de la oficina. Aquella noche no durmió, permaneció en una vigilia oscura y silenciosa, intentando repeler las reminiscencias de un pasado que se arremolinaban en tropel en su cabeza. Una veintena de años atrás, había decidido dejar de escribir, dando paso a una vida normal, a un cúmulo de triunfos que lo invitaron a apoltronarse en una estadía en la que sólo debía mantenerse ecuánime y soldarse la sonrisa. Y así lo hizo. Sin embargo, no conseguía alejar de su mente las palabras que lo mantenían hechizado. Había tomado la novela al azar de entre todas las que aguardaban en su sala y que cumplían cabalmente una mera función estética. Faltaban sólo unas cuantas páginas, que devoraría a la menor oportunidad.
A la mañana siguiente, aquel esperpento con el pelo enmarañado, que no había reparado en cambiarse la corbata del día anterior, que había olvidado incluso cómo comer y dormir, entró a su oficina. Un contundente NO MOLESTAR lo mantuvo con el cerrojo puesto el resto del día, encerrado en una lectura claustrofóbica, inmune a los ruidos exteriores. Faltaban sólo unas cuantas páginas…
De pie en el marco de la puerta, una figura diáfana, que a contraluz podía ser cualquiera, me miraba, estoica y complaciente. Lanzó un suspiro gélido, como devanando aquella vida que se le escapaba de las manos, que de ahora en adelante se sucedería en paralelo. Y entre las inevitables trampas de los días, nos descubrimos jugando solos...
Eugenio levantó la vista por un instante, releyó: nos descubrimos jugando solos… Miró a su alrededor, escudriñó con ansiedad el suelo en torno suyo, se levantó, tomó su portafolios y comenzó a vaciar su contenido, con exasperación.
– ¡No puede ser! – gritó, encolerizado. Nunca conocería el final de aquella historia que le había arrebatado tantas horas de descanso.
– Señor… ¿está usted bien? –preguntó una voz de mujer al otro lado de la puerta, al tiempo que intentaba, en vano, entrar a la oficina.
– Sí, sí… – respondió Eugenio –es sólo que… –musitó abriendo la puerta, para abalanzarse hacia la salida, sin darse tiempo siquiera de completar su respuesta. Salió a la calle sin nada más que un libro bajo el brazo.
Al llegar a su casa intentó, en vano, encontrar algún indicio que lo condujera al hallazgo de las páginas perdidas. En un intento pueril por desenterrar la duda que le calcinaba, revolvió todos los muebles y papeles que encontró a su paso, deshizo y reordenó el caos que lo circundaba una y otra y otra vez, hasta que se sumergió en una especie de autocompasión que transpiraba ese par de ojos negros, húmedos, aletargados, que miraban fijamente la habitación a la que se encontraba encadenado. Estaba solo.
Sentado en el suelo, vencido, mirando sin ver su alrededor, se topó con un libro de pasta verdosa, desgastada, con páginas amarillentas y un tanto corroídas, probablemente por la humedad. Un destello inundó súbitamente sus ojos; casi a gatas, se incorporó y extendió una mano temblorosa hasta alcanzarlo, el cual, vencido por la inercia, cayó al suelo, abierto de par en par en alguna página elegida azarosamente. El ruido del choque con el suelo erizó sus poros. Cerró los ojos y lo atrajo hacia sí. Temeroso, se asomó a la página abierta: era la última, la que vaticinaba el encuentro compartido con una soledad ajena, embustera y dolorosa. Dio la vuelta a la página y el desconcierto sobrevino, aún quedaban algunas páginas, pero estaban todas en blanco. Como si alguien le hubiera jugado una broma cruel, como si algún ente distante hubiese pretendido aprovecharse de esa ingenuidad recuperada a lo largo de un mar de caracteres, atropellados mientras las páginas eran acariciadas y consumidas vertiginosamente. Una ráfaga húmeda y densa surcó sus ojos: estaba decidido a buscar esa falla inexistente que lo estaba llevando al borde de la locura, a desentrañar las pistas que lo harían reparar en su error y le obsequiarían ese final tan anhelado. Abrió el libro en la primera página y leyó:
Quizá dentro de poco tiempo te parezca estar leyendo un cuento imposible, una historia inexistente; aquella historia que habrías escrito de no haber claudicado, de haber encontrado más arrojo y menos autocomplacencia. Lo que mata es la duda lisonjera, la que se esconde y coquetea y se arropa en la blancura de la hoja que te envío… Esta es la novela que nunca escribiste.
Eugenio se quedó helado. Esas páginas que le habían seducido y atraído deliciosamente se delataban ahora maliciosas, cómplices mudas de un misterio que se sabía incapaz de dilucidar. Desconcertado, tomó el libro y analizó el lomo, la portada… hasta entonces no había reparado en el anonimato de la obra, una obra ajena, distante, que se le había entregado despojada, sin señal alguna del creados que le había dado vida. Un engendro.
Horas más tarde se vería de nuevo asaltado por el desvelo, su mente surcaba infinidad de veces la oscuridad de un techo que parecía cernirse sobre él, amenazante, al acecho, intentando descifrar qué era lo que le producía ese malestar que parecía no ceder. Su cuerpo, empapado hasta los huesos, daba vueltas en la cama, intentando ingenuamente encontrar aquél lugar al que perteneciera, en el que no tendría que seguir mudando de estadía, en el que se sintiera arropado por esa sábana limpia que parecía calcinarle. Cerró los ojos una vez más. En cuanto esa oscuridad traslúcida de la vigilia se vio reemplazada por una oscuridad más densa, lechosa, angustiante, comenzaron a desfilar delante suyo una infinidad de imágenes incomprensibles, que parecían ser parte de algún rito ancestral, sacrílego. Se imaginó a sí mismo caminando en aquella vida paralela a la que había renunciado hace tanto tiempo, creando, excitado ante el papel inmaculado que se postraba ahora bajo sus pies, comenzó a recorrer un universo de historias aún no escritas, de personajes que levantaban el vuelo a voluntad, que se introducían en cavernas extensísimas de tinta para grabarse de una vez y por siempre en su memoria. Se vio a sí mismo abriendo una puerta verde, acartonada, para introducirse a un mundo en el que encontraría todas las respuestas y el sueño, la conciencia y la libertad, le serían devueltos. Comenzó a apretar el paso, como escapando de aquella blancura que lo sofocaba, pero a cada intento por esquivar esa realidad impuesta, literaria, sus piernas se iban haciendo cada vez más torpes y sentía hundirse debajo suyo la certeza que lo mantenía aún de pie. La sensación era más y más intensa, hasta que la inmovilidad se hizo presente.
Eugenio abrió los ojos para descubrirse a sí mismo empapado en las lágrimas de esa historia de la que apenas había conseguido zafarse. Se dio la vuelta, palpó el blando lecho en el que se encontraba postrado y dejó escapar un suspiro de alivio. Eran las tres de la mañana. Una vez que hubo recuperado por completo la calma, se levantó y sigilosamente, como si esperara que al entrar al cuarto contiguo se le develara un secreto desconocido para todos, caminó de puntillas a la sala y se acercó a la mesa de centro, en la que el libro aguardaba. Decidido, lo abrió en una página al azar y comenzó a leer nuevamente:
Esta noche no he podido dormir, tenía la sensación de que algo maligno había despertado de las entrañas de la tierra y esperaba en silencio encontrarse conmigo. Tenía que levantarme e ir tras ese engendro que se regodeaba en mi martirio.
Los vellos de la nuca le erizaron la cordura. No, no podía ser… pero no podía detenerse, tenía que seguir leyendo:
Siempre fui un hombre solitario. Renuncié demasiado pronto, demasiado solo, a una quimera que me habría deparado –seguramente- un destino mejor. No pude.
A punto de cerrar el libro de nuevo titubeó durante un brevísimo momento. Continuó:
Lo cierto es que los acontecimientos suelen descarrilárseme de vez en cuando, eufóricamente se salen de la vía y comienzan a echar fuego por las fauces y emiten ruidos estrepitosos: ¡este tranvía que me conduce a la nada!
La afinidad era impresionante. Parecía imposible que alguien, en cualquier momento, pudiese identificarse tan plenamente, de una manera tan primigenia, con un objeto inanimado, aterradoramente desconocido y completamente ajeno.
Ten cuidado con lo que deseas…
Un nudo se posó en su garganta, demasiado denso para pasar inadvertido, demasiado tardío para encarnar una advertencia:
Eugenio, el impasible, el irreverente, el encadenado…
Apretó los ojos con fuerza, pero no consiguió acallar el eco que resonaba en su cabeza…
Eugenio el que nunca hizo nada, al que le faltó la osadía y lo carcomió la duda. El que no soportó verse reducido a cenizas de lo que nunca fue, de lo que ya no sería…
Un grito sordo se ahogó en su garganta, millones de pensamientos cruzaban por su cabeza. En vano. intentó lanzar el libro lejos, pero sus manos parecían haber cobrado vida propia y se precipitaban hacia delante, una sobre la otra, una sobre la otra. Sus ojos no estaban ya cerrados, habían cedido ante la blancura que los extasiaba y las palabras desfilaban como marionetas en su interior. Las palabras que iban quedando atrás, página tras página, convirtiéndose en figuras amorfas, manchas difusas que se agolpaban en tropel contra sus ojos.
Eugenio no escribió nunca nada, la novela, el engendro, lo mató antes de darle siquiera oportunidad de cobrar vida. Eugenio el idiota, el muy idiota… Su cuerpo, ahora rígido, parecía luchar contra una fuerza invisible, incontrolable, que se había encarnado en su interior. Meses antes, se deleitaba con los árboles en flor, con el vaivén que prometía la llegada de tiempos mejores. Se movía, pero todos ellos movimientos involuntarios, no se parecían a los golpes certeros que pretendía lanzar al aire, pero que sólo conseguía imaginar. Pero Eugenio se contentaba con mirar, a través de una ventana, la vida que le es ajena. La respiración entrecortada, los espasmos continuos que le impelían escapar pero que al mismo tiempo le mantenían atado. ¡No eres sino el espectador de tu propia vida! Eugenio estaba aterrado, intentaba fallidamente comprender lo que sucedía, mientras su vida, sus ojos, sus manos, todos ellos usurpados, iban lapidando su cuerpo inmóvil. Hubo una mujer, la hubo, pero fue demasiado poca cosa como para arrebatarte de ti mismo, gemía, gemía hondamente, más fuerte cada vez, un gemido que rasgaba las paredes, gimiendo, siempre gimiendo, gimiendo la propia vida para terminar enmudeciendo ante la muerte, el mareo sobrevino, todo su mundo pareció perder el equilibrio y pendía, amenazado, de un hilo la víctima se convirtió en victimario un hilo que no lograba enhebrar los periódicos reportarían una muerte inexplicable a lo lejos las luces de las calles participaban de una sinfonía urbana Eugenio bañando en sangre Eugenio incomprendido incomprensible Eugenio quimera y descenso Eugenio muerte y vida Eugenio todo muerte La novela que nunca escribiste Las reminiscencias de un pasado una vida arrebatada por los años los años arrebatados por la muerte en vida la muerte la blancura del papel se fue vistiendo con lutos de cordura y te sacas los sesos y te zurces los ojos arropándose en el blanco de la hoja que te envío porque de tanto no verte exiliado del autoconsuelo todo se traduce en miedo un nuevo intento por mantener la cordura un obstáculo inaudito un teatro de añadiduras y sueños rotos que no puedes olvidar acostumbradoaolvidaryolvidandoporcostumbrelosegundoporerroryloprimer
opordestinoexorcismovirgendenquimerasviejasredencióntardíaalalevedaddelt
iempoorgíasdemateriainanimadaqueterminaránporvolarnoslacabezadeseand
osólodeseandoqueeltiempofueramáscómpliceymenosdestino…
Eugenio abrió los ojos. Un hilo cálido y rojizo escurría por detrás de su cabeza y caía, gota a gota, en la madera de un suelo inmaculado, demasiado limpio, demasiado solo, y lo iba tiñendo dulcemente…
Cayó el invierno. La Jacaranda se resistía al vaivén del viento, todas las flores habían caído. Habían caído hacía tiempo. Sus ramas enmarañadas se erguían, orgiásticas, hacia un cielo turbio que las contemplaba desde lejos, implorando en vano la llegada de la primavera.
La tinta de las últimas palabras brillaba inocente, fresca. Parecía sonreír con una mueca exquisita que de cuando en cuando parecía tornarse escarlata.