lunes 13 de julio de 2009



ÁMÉNOS

Vine conmigo al lugar de siempre, vine conmigo y nos senté a pensar.
Pedí un trago por ambos y nos puse a platicar conmigo mismo, mas las palabras se atropellaban y la torpeza de la mente no me dejó, ni a ti ni a mí, hablar.
No hacían falta palabras, te entendíamos a la perfección mientras tú escuchabas lo que yo decíamos con nuestra mente abierta de par en par y mi boca totalmente cerrada.
Necesitábamos hablar, debía yo sacar todas esas cosas que estaban a punto de estallar dentro de ambos, silenciosamente, al unísono...
Comencé por mencionarnos todos mis defectos, lo que nos molestaba de mí y lo que me gustaría cambiarnos. Los ánimos se nos fueron volando, sólo me quedó un dejo de melancolía reflejado en el cristal de un vaso que recién nos terminamos.
La gente a nuestro alrededor inhalaba tabaco y nos exhalaba reproches en mi cara. Gestos críticos, incrédulos, iban exprimiendo poco a poco a los ocupantes fuera del lugar.
Me sentía tan solo y tan acompañado, que no sabíamos si llorar de nervios o salirme de aquel lugar, corriendo hacia nuestra inevitable y total abolición de alguna utilidad de mi persona. Decidí quedarnos un rato más.
Conforme el alcohol iba quemándonos mi garganta, las palabras adquirían mayor profundidad, se enlazaban unas con otras poco a poco, y de pronto todo tenía lógica: las relaciones estrictamente causales entre las cosas desaparecieron, y la casualidad se hizo presente. De pronto y sin darme cuenta, salían de nuestra boca toda clase de pensamientos abstractos, de hipótesis sobre la vida que parecían trastornarme nuestro mundo en ese momento. El flujo de brillantez no cesaba de brotar de nuestras única cabeza y el bullicio se hacía cada vez más fuerte. Las personas que nos rodeaban (para entonces ya me rodeaba una multitud) comenzaron a irse, botaban los bancos en que habían estado sentados y, quejándose del ruido, me miraban rencorosamente directo a nuestros ojos; se insultaban, discutían, reclamaban y salían furiosamente a la calle a perderse en la oscuridad.
Poco a poco nos fui quedando solos, sin nada más que un vaso vacío que me miraba de reojo. Fue entonces cuando sentí calidez...
Ante la frialdad de la gente de bar, que, sin importarles, me miraban y nos habían dejado solo, completamente solo, vislumbré un pedazo de mí que lo era el todo y que jamás me había abandonado. Al voltear hacia mi lado cardinal lo vi, con la misma actitud de siempre, esperando pacientemente, sentado en el banco en el que yo estaba.
Su sonrisa nos dibujó una sonrisa en mi cara, tomé aire, extendí los brazos, resignado, y una vez más, nos enamoré de mí.

domingo 12 de julio de 2009

En sordina

No volvería a ser igual. Ella, efímero intervalo de ensueño, yace en tus brazos. Su cuerpo, finito y relajado, abrasa tu piel y te hace gritar. El fuego de su mirada se ha extinguido, y ahora, sus cuerpos no son más que un arlequín arrinconado, una espera engañosa que no llega a su final. Y aún así la quieres. No con el amor de las cosas, ni con el amor de las almas: la quieres, con el amor del silencio, palpable pero no tangible, que se toca en cada movimiento de tus músculos fríos y se diluye al vaivén de tus reflexiones. Tus manos, acostumbradas, hacen un intento vano porque lo que fue, regrese. Pero si así fuera, si aquellos chiquillos infames entrasen otra vez y para siempre, ese amor de intervalos, de súbditos y juramentos, se ensordecería.
Porque hoy la amas con el amor de la costumbre, no como ayer, no como mañana… No como la primera vez.


Los demás

Existen en el mundo tres tipos de personas: tú, yo y los demás.
y yo, para el caso son lo mismo: nos peleamos, se insultan, te pido perdón, me dices lo que piensas, me embebo en mí misma, lloras, pienso, me conozco y te conozco, me conoces, aunque sinceramente, sólo te conoces a ti mismo, pero el interés real está en los demás. O el desinterés.
Los demás son cosa aparte, los demás riñen, los demás gozan, los demás mueren y sufren mientras tú no te enteras. Para Saramago, los demás son ciegos, se matan unos a otros, se engañan, mienten, se cuidan y se aferran, los demás pasan sus últimos días en una isla y se matan literalmente de hambre, se arrancan un brazo, muerden una paloma, se deshidratan y sufren de inanición, los demás amanecen cambiados, insectos, amanecen extrañados, con más patas que cerebro, los demás forran libros de sí mismos, los demás temen a los espectros, se abren, se sinceran, los demás te confunden, se confunden, se sientan a pensar, combaten molinos y padecen alucinaciones. Los demás son un saco de huesos, los demás son una selva, los demás son una colección de recuerdos, de vivencias, de lecturas, de colores y dolores, los demás padecen migrañas, los demás son maltratados, los demás son un hermano egoísta, los demás son un padre despreocupado, los demás son un amigo hipócrita, los demás son un abrazo fingido, los demás son viejos, los demás son nuevos, los demás están, los demás te abandonan, los demás escriben, los demás te leen la mente, los demás son un apoyo que no estuvo, los demás son una lágrima que se hiela, los demás son polvo, los demás son tierra, los demás no importan, los demás no dicen nada.
Los demás son cosa aparte, hasta que te tiembla la mano, hasta que flaquean tus piernas, hasta que una blasfemia tibia te hace notar que a nadie le importas, que nadie te escucha, que nadie te calla, que nadie te teme y nadie te extraña, hasta que te das cuenta de que para alguien eres tan solo los demás.

jueves 9 de julio de 2009

Escorbuto


No sé cómo ni cuándo llegamos a este punto, pero la verdad es que luego de una larga travesía a mar abierto las provisiones comenzaron a faltarnos tanto al barco, como a mí. Para entonces, mi casco estaba lleno ya de salitre y no encontraba la manera de mantenerlo a flote; los costados de mi nave se abrían paso por entre las olas a trompicones, cada vez más gastados, cada vez más y más incapaces de seguir luchando contra esas crestas monstruosas que se erguían y arremetían furiosas, amenazando con volcarnos. Mi proa, que tiempo atrás se distinguió de otras tantas por su majestuosidad, ya no era sino la sombra de la desolación: enmohecida, agusanada, cedió ante el ímpetu del caos que la circundaba. Así iba mi barco, luchando por no perder el rumbo, esperando el momento en que terminaría encallando, inevitablemente. Y ahí estaba yo también, encaramada en una nao descompuesta sin rumbo fijo. Demasiadas horas pasé tendida al sol, de manera que mis noches eran mucho más oscuras y siniestras; ecos lejanos me acechaban cuando intentaba conciliar el sueño y cuando por fin lo lograba, esperpentos oníricos me impedían abrir los ojos. Fue así como llegó el escorbuto.

Mi cuerpo se fue rindiendo poco a poco, entregándose a un vaivén desoladoramente desconocido. Mis encías comenzaron a sangrar de tanto silencio guardado: una boca deformada de poesía; los ojos, abotagados por tanta agua salada, se fueron deformando poco a poco, hasta que me vi presa de una ceguera absoluta. Derrotada, cedí a la marea.

No recuerdo cuánto tiempo pasé en ese estado, pero lo cierto es que llegué al punto de confundir la realidad con la fantasía. Mi nave se erguía de vez en vez y me acribillaba con promesas de tiempos mejores, tiempos que sabía que no llegarían. Las tormentas arremetían a voluntad, caprichosamente me lanzaban de un lado a otro, como una marioneta que por momentos se hacía a la mar y el resto del tiempo era maltrecha por ella. En vano intenté encontrar la cura, pero los recuerdos, demasiado cítricos, no llegaban a sanar mis heridas y sólo me amargaban la cordura. Reinaba un silencio absoluto. Fue entonces cuando me supe incapaz de descifrar qué partes de mi vida eran ficción y qué partes habían sido verdaderas; anclada a un barco fantasma, me debatía entre mi presente y la posibilidad de aferrarme a una ficción que prometía ser mucho más indulgente.

Así, entre sueños, un buen día una sensación cálida me concedió un instante de lucidez, pero al intentar atraparla, descubrí mis manos abotagadas, sangrando soledades salinas que se perdían para siempre en la inmensidad del océano. Desconsolada, cerré los ojos una vez más y me entregué a la fantasía.

Y finalmente encallé.

El Engendro



La Jacaranda se mecía al viento. Sus flores, violáceas y lánguidas, se dejaban acariciar por el vaivén que anunciaba la llegada del otoño. Dentro de algún tiempo dejarían de aferrarse a los largos dedos pardos que las asían y caerían una a una en silencio, poco a poco, dejando a su paso un barullo de ramas frágiles y grisáceas, que se erguirían como manos orgiásticas hacia el cielo, implorando vagamente por el retorno de tiempos menos ásperos.
Eugenio miró hacia la ventana. Hacía tiempo que todas las flores habían caído. Algunos recuerdos lo invadían. Inmerso en las páginas que tenía delante, no había notado la sucesión de los minutos que, como en una vorágine, ahora lo empapaban en desvelo; estaba extasiado. Cerró el libro. Recogió sus cosas con premura y salió de la oficina. Aquella noche no durmió, permaneció en una vigilia oscura y silenciosa, intentando repeler las reminiscencias de un pasado que se arremolinaban en tropel en su cabeza. Una veintena de años atrás, había decidido dejar de escribir, dando paso a una vida normal, a un cúmulo de triunfos que lo invitaron a apoltronarse en una estadía en la que sólo debía mantenerse ecuánime y soldarse la sonrisa. Y así lo hizo. Sin embargo, no conseguía alejar de su mente las palabras que lo mantenían hechizado. Había tomado la novela al azar de entre todas las que aguardaban en su sala y que cumplían cabalmente una mera función estética. Faltaban sólo unas cuantas páginas, que devoraría a la menor oportunidad.
A la mañana siguiente, aquel esperpento con el pelo enmarañado, que no había reparado en cambiarse la corbata del día anterior, que había olvidado incluso cómo comer y dormir, entró a su oficina. Un contundente NO MOLESTAR lo mantuvo con el cerrojo puesto el resto del día, encerrado en una lectura claustrofóbica, inmune a los ruidos exteriores. Faltaban sólo unas cuantas páginas…
De pie en el marco de la puerta, una figura diáfana, que a contraluz podía ser cualquiera, me miraba, estoica y complaciente. Lanzó un suspiro gélido, como devanando aquella vida que se le escapaba de las manos, que de ahora en adelante se sucedería en paralelo. Y entre las inevitables trampas de los días, nos descubrimos jugando solos...
Eugenio levantó la vista por un instante, releyó: nos descubrimos jugando solos… Miró a su alrededor, escudriñó con ansiedad el suelo en torno suyo, se levantó, tomó su portafolios y comenzó a vaciar su contenido, con exasperación.
– ¡No puede ser! – gritó, encolerizado. Nunca conocería el final de aquella historia que le había arrebatado tantas horas de descanso.
– Señor… ¿está usted bien? –preguntó una voz de mujer al otro lado de la puerta, al tiempo que intentaba, en vano, entrar a la oficina.
– Sí, sí… – respondió Eugenio –es sólo que… –musitó abriendo la puerta, para abalanzarse hacia la salida, sin darse tiempo siquiera de completar su respuesta. Salió a la calle sin nada más que un libro bajo el brazo.
Al llegar a su casa intentó, en vano, encontrar algún indicio que lo condujera al hallazgo de las páginas perdidas. En un intento pueril por desenterrar la duda que le calcinaba, revolvió todos los muebles y papeles que encontró a su paso, deshizo y reordenó el caos que lo circundaba una y otra y otra vez, hasta que se sumergió en una especie de autocompasión que transpiraba ese par de ojos negros, húmedos, aletargados, que miraban fijamente la habitación a la que se encontraba encadenado. Estaba solo.
Sentado en el suelo, vencido, mirando sin ver su alrededor, se topó con un libro de pasta verdosa, desgastada, con páginas amarillentas y un tanto corroídas, probablemente por la humedad. Un destello inundó súbitamente sus ojos; casi a gatas, se incorporó y extendió una mano temblorosa hasta alcanzarlo, el cual, vencido por la inercia, cayó al suelo, abierto de par en par en alguna página elegida azarosamente. El ruido del choque con el suelo erizó sus poros. Cerró los ojos y lo atrajo hacia sí. Temeroso, se asomó a la página abierta: era la última, la que vaticinaba el encuentro compartido con una soledad ajena, embustera y dolorosa. Dio la vuelta a la página y el desconcierto sobrevino, aún quedaban algunas páginas, pero estaban todas en blanco. Como si alguien le hubiera jugado una broma cruel, como si algún ente distante hubiese pretendido aprovecharse de esa ingenuidad recuperada a lo largo de un mar de caracteres, atropellados mientras las páginas eran acariciadas y consumidas vertiginosamente. Una ráfaga húmeda y densa surcó sus ojos: estaba decidido a buscar esa falla inexistente que lo estaba llevando al borde de la locura, a desentrañar las pistas que lo harían reparar en su error y le obsequiarían ese final tan anhelado. Abrió el libro en la primera página y leyó:
Quizá dentro de poco tiempo te parezca estar leyendo un cuento imposible, una historia inexistente; aquella historia que habrías escrito de no haber claudicado, de haber encontrado más arrojo y menos autocomplacencia. Lo que mata es la duda lisonjera, la que se esconde y coquetea y se arropa en la blancura de la hoja que te envío… Esta es la novela que nunca escribiste.
Eugenio se quedó helado. Esas páginas que le habían seducido y atraído deliciosamente se delataban ahora maliciosas, cómplices mudas de un misterio que se sabía incapaz de dilucidar. Desconcertado, tomó el libro y analizó el lomo, la portada… hasta entonces no había reparado en el anonimato de la obra, una obra ajena, distante, que se le había entregado despojada, sin señal alguna del creados que le había dado vida. Un engendro.
Horas más tarde se vería de nuevo asaltado por el desvelo, su mente surcaba infinidad de veces la oscuridad de un techo que parecía cernirse sobre él, amenazante, al acecho, intentando descifrar qué era lo que le producía ese malestar que parecía no ceder. Su cuerpo, empapado hasta los huesos, daba vueltas en la cama, intentando ingenuamente encontrar aquél lugar al que perteneciera, en el que no tendría que seguir mudando de estadía, en el que se sintiera arropado por esa sábana limpia que parecía calcinarle. Cerró los ojos una vez más. En cuanto esa oscuridad traslúcida de la vigilia se vio reemplazada por una oscuridad más densa, lechosa, angustiante, comenzaron a desfilar delante suyo una infinidad de imágenes incomprensibles, que parecían ser parte de algún rito ancestral, sacrílego. Se imaginó a sí mismo caminando en aquella vida paralela a la que había renunciado hace tanto tiempo, creando, excitado ante el papel inmaculado que se postraba ahora bajo sus pies, comenzó a recorrer un universo de historias aún no escritas, de personajes que levantaban el vuelo a voluntad, que se introducían en cavernas extensísimas de tinta para grabarse de una vez y por siempre en su memoria. Se vio a sí mismo abriendo una puerta verde, acartonada, para introducirse a un mundo en el que encontraría todas las respuestas y el sueño, la conciencia y la libertad, le serían devueltos. Comenzó a apretar el paso, como escapando de aquella blancura que lo sofocaba, pero a cada intento por esquivar esa realidad impuesta, literaria, sus piernas se iban haciendo cada vez más torpes y sentía hundirse debajo suyo la certeza que lo mantenía aún de pie. La sensación era más y más intensa, hasta que la inmovilidad se hizo presente.
Eugenio abrió los ojos para descubrirse a sí mismo empapado en las lágrimas de esa historia de la que apenas había conseguido zafarse. Se dio la vuelta, palpó el blando lecho en el que se encontraba postrado y dejó escapar un suspiro de alivio. Eran las tres de la mañana. Una vez que hubo recuperado por completo la calma, se levantó y sigilosamente, como si esperara que al entrar al cuarto contiguo se le develara un secreto desconocido para todos, caminó de puntillas a la sala y se acercó a la mesa de centro, en la que el libro aguardaba. Decidido, lo abrió en una página al azar y comenzó a leer nuevamente:
Esta noche no he podido dormir, tenía la sensación de que algo maligno había despertado de las entrañas de la tierra y esperaba en silencio encontrarse conmigo. Tenía que levantarme e ir tras ese engendro que se regodeaba en mi martirio.
Los vellos de la nuca le erizaron la cordura. No, no podía ser… pero no podía detenerse, tenía que seguir leyendo:
Siempre fui un hombre solitario. Renuncié demasiado pronto, demasiado solo, a una quimera que me habría deparado –seguramente- un destino mejor. No pude.
A punto de cerrar el libro de nuevo titubeó durante un brevísimo momento. Continuó:
Lo cierto es que los acontecimientos suelen descarrilárseme de vez en cuando, eufóricamente se salen de la vía y comienzan a echar fuego por las fauces y emiten ruidos estrepitosos: ¡este tranvía que me conduce a la nada!
La afinidad era impresionante. Parecía imposible que alguien, en cualquier momento, pudiese identificarse tan plenamente, de una manera tan primigenia, con un objeto inanimado, aterradoramente desconocido y completamente ajeno.
Ten cuidado con lo que deseas…
Un nudo se posó en su garganta, demasiado denso para pasar inadvertido, demasiado tardío para encarnar una advertencia:
Eugenio, el impasible, el irreverente, el encadenado…
Apretó los ojos con fuerza, pero no consiguió acallar el eco que resonaba en su cabeza…
Eugenio el que nunca hizo nada, al que le faltó la osadía y lo carcomió la duda. El que no soportó verse reducido a cenizas de lo que nunca fue, de lo que ya no sería…
Un grito sordo se ahogó en su garganta, millones de pensamientos cruzaban por su cabeza. En vano. intentó lanzar el libro lejos, pero sus manos parecían haber cobrado vida propia y se precipitaban hacia delante, una sobre la otra, una sobre la otra. Sus ojos no estaban ya cerrados, habían cedido ante la blancura que los extasiaba y las palabras desfilaban como marionetas en su interior. Las palabras que iban quedando atrás, página tras página, convirtiéndose en figuras amorfas, manchas difusas que se agolpaban en tropel contra sus ojos.
Eugenio no escribió nunca nada, la novela, el engendro, lo mató antes de darle siquiera oportunidad de cobrar vida. Eugenio el idiota, el muy idiota… Su cuerpo, ahora rígido, parecía luchar contra una fuerza invisible, incontrolable, que se había encarnado en su interior. Meses antes, se deleitaba con los árboles en flor, con el vaivén que prometía la llegada de tiempos mejores. Se movía, pero todos ellos movimientos involuntarios, no se parecían a los golpes certeros que pretendía lanzar al aire, pero que sólo conseguía imaginar. Pero Eugenio se contentaba con mirar, a través de una ventana, la vida que le es ajena. La respiración entrecortada, los espasmos continuos que le impelían escapar pero que al mismo tiempo le mantenían atado. ¡No eres sino el espectador de tu propia vida! Eugenio estaba aterrado, intentaba fallidamente comprender lo que sucedía, mientras su vida, sus ojos, sus manos, todos ellos usurpados, iban lapidando su cuerpo inmóvil. Hubo una mujer, la hubo, pero fue demasiado poca cosa como para arrebatarte de ti mismo, gemía, gemía hondamente, más fuerte cada vez, un gemido que rasgaba las paredes, gimiendo, siempre gimiendo, gimiendo la propia vida para terminar enmudeciendo ante la muerte, el mareo sobrevino, todo su mundo pareció perder el equilibrio y pendía, amenazado, de un hilo la víctima se convirtió en victimario un hilo que no lograba enhebrar los periódicos reportarían una muerte inexplicable a lo lejos las luces de las calles participaban de una sinfonía urbana Eugenio bañando en sangre Eugenio incomprendido incomprensible Eugenio quimera y descenso Eugenio muerte y vida Eugenio todo muerte La novela que nunca escribiste Las reminiscencias de un pasado una vida arrebatada por los años los años arrebatados por la muerte en vida la muerte la blancura del papel se fue vistiendo con lutos de cordura y te sacas los sesos y te zurces los ojos arropándose en el blanco de la hoja que te envío porque de tanto no verte exiliado del autoconsuelo todo se traduce en miedo un nuevo intento por mantener la cordura un obstáculo inaudito un teatro de añadiduras y sueños rotos que no puedes olvidar acostumbradoaolvidaryolvidandoporcostumbrelosegundoporerroryloprimer
opordestinoexorcismovirgendenquimerasviejasredencióntardíaalalevedaddelt
iempoorgíasdemateriainanimadaqueterminaránporvolarnoslacabezadeseand
osólodeseandoqueeltiempofueramáscómpliceymenosdestino…
Eugenio abrió los ojos. Un hilo cálido y rojizo escurría por detrás de su cabeza y caía, gota a gota, en la madera de un suelo inmaculado, demasiado limpio, demasiado solo, y lo iba tiñendo dulcemente…
Cayó el invierno. La Jacaranda se resistía al vaivén del viento, todas las flores habían caído. Habían caído hacía tiempo. Sus ramas enmarañadas se erguían, orgiásticas, hacia un cielo turbio que las contemplaba desde lejos, implorando en vano la llegada de la primavera.
La tinta de las últimas palabras brillaba inocente, fresca. Parecía sonreír con una mueca exquisita que de cuando en cuando parecía tornarse escarlata.

lunes 22 de septiembre de 2008

Sabina


La noche cayó. Los sonidos se iban alejando cada vez más, hasta que sólo quedó un silencio denso, abrumador. Sus ojos negros, inmensos y húmedos, estaban fijos en la combustión de la vela no conocía su voz, su mirada, estaba confundida –P.D. No puedo esperar.-, releyó que comenzaba a extinguirse como cediendo a la penumbra. Con un soplo lánguido, Sabina se entregó a la oscuridad.
Se puso de pie dentro de diez minutos se encontrarían finalmente, a las doce en punto y al recorrer la habitación, comenzó a adquirir conciencia, a cada paso, de esa vorágine interior lo sintió acercarse detrás de ella que se acrecentaba al roce de la tela con sus pechos, a cada caricia de la seda en su espalda, en su vientre sus manos entre los muslos, el aliento tibio detrás de su cuello, esas manos ágiles que la aprisionaban y le impedían escapar, que era más de lo que podría soportar esa noche. Ella buscó entonces el cordón de la bata que al escurrirse por sus brazos, rozando sus caderas, la dejó desnuda. Un viento helado acarició su cuerpo, erizando cada uno de sus poros, sumergiéndola en un escalofrío interior, un hálito de sensaciones que la recorrió por completo.
Cerró los ojos con fuerza. Él la sostuvo contra la pared, el pecho contra el suyo, las manos moviéndose como miles por su espalda, sus muslos. Sabina abrió la boca para decir algo, pero antes de que pudiera hacerlo, él la cerró suavemente con un beso húmedo y apasionado y comenzó a desabotonar su blusa. Al incrementarse el deseo, Sabina sucumbió a los beneficios del anonimato, de amar con los ojos cerrados, de un encuentro vehemente y fugaz.
A tientas en la oscuridad volvió a encontrar el lienzo sobre el caballete y el diminuto carboncillo. Había pasado casi un año intentando dibujar el recuerdo, entregada a las sombras de sus reminiscencias en aquel apartamento en Rue de la Colonie. Debo regresar a París y encontrarlo, tengo su imagen tatuada en los dedos, sólo necesito encontrar la manera de plasmarla en el papel. Se había convertido en una especie de ritual: cada noche, Sabina se entregaba a la penumbra y a tientas, inclinada sobre el lienzo, recorría con la mano en el aire las formas que creía recordar, mientras la otra mano se deslizaba al unísono, con el carboncillo sobre la blancura del papel, dejando tras de sí una estela de trazos difuminados, líneas imprecisas y evocaciones amorfas y malogradas que ahora, recargadas en las paredes, tapizaban el cuarto y le daban un toque lóbrego y fatalista.
Recibí una carta… bueno, en realidad la encontré en la parada Jussieu, estaba en la banca. La estación estaba vacía. -Tonterías Sabina, son tonterías-. Quizá parezca una locura, pero no existen las casualidades, sé que esa carta es para mí.
Encendió nuevamente la vela. Buscó a gatas el caballete y lo acercó a la luz. Con un manotazo brusco volvió la penumbra. La cera de la vela escurría sobre el lienzo y el carboncillo rodó por el suelo. Sabina se sintió acribillada por la impotencia, sintió cómo le surcaba el alma al rodar por sus mejillas y caer sobre su pecho, lenta, interminablemente, hasta que le humedeció casi por completo el rostro.
¡Creo que encontré mi ramo de ojos azules! –Sabes que odio tus metáforas Sabina, ¿qué quieres decir con eso?– Hoy por fin nos vamos a encontrar. -¿Encontrar? ¿Quién? ¿De qué me hablas?- La carta que encontré… ¿recuerdas? Hace ya tres años… Jussieu… -Sí, la recuerdo…- Bueno pues todo este tiempo nos hemos escrito, dejando cartas sin destinatario en el mismo lugar, recibiendo respuestas anónimas religiosamente una vez por semana. –Sabina estás loca, ¡ni siquiera lo conoces!- Lo conozco lo suficiente para saber que estoy enamorada. –Pero estás enamorada de un hombre sin rostro, de un desconocido, puede ser peligroso.- No puedo explicarlo, sólo lo siento, sé que todo estará bien… mi ramo de ojos azules…
Debió haber rechazado el anonimato: ¿un encuentro a ojos cerrados? Pero en ese entonces el brío de la juventud la incitó a seguirle el juego. Ahora, en la penumbra, todo ello carecía de sentido, regresaba a sus recuerdos sólo para apuntalarle la tristeza. Sabina lloraba. Yacía tendida sobre la cama, desnuda, desnudo el cuerpo y desnuda también la añoranza. –Nos conoceremos esta noche. Será un encuentro con los ojos cerrados, nos amaremos con el cuerpo y con el alma, palabras-manos, caricias solamente...- Después de un rato, Sabina seguía recostada pero ya no lloraba; sus ojos, vacíos y absortos, parecían no reaccionar a sus propias caricias, con las que intentaba quizá consolarse. Caricias eléctricas se deslizaban por su vientre, jugueteaban con sus pechos desnudos y redondos y se perdían entre los muslos para emerger nuevamente, en un vaivén interminable y fatigado, como instalado en el hastío. Esperaba que al acariciar el camino andado por esas manos ajenas, las formas comenzaran a revelarse y a saltar de sus dedos al papel.
-Estoy por terminar la escuela y regresaré a mi país en poco tiempo- releyó. La frase denotaba aplomo, convicción, habían vivido ya diez meses de encuentros a ojos cerrados, era un juego deleitante, exquisito, que la dejaba ansiosa durante la espera, pero era momento de cambiar el rumbo.
No conseguía encontrar los trazos precisos. Sabina se levantó de la cama con un rostro que denotaba haber por fin adquirido la conciencia de la derrota definitiva. Se detuvo y tanteó el lienzo (no encendió la vela pues no necesitaba mirarlo más), lo sostuvo contra su pecho, apretándolo como si aquel abrazo pudiera colocar las líneas en el lugar preciso y darle vida a las formas. Cerró los ojos con fuerza, aprisionando el recuerdo de ese cuerpo sin imagen, de aquel hombre sin rostro y de esa memoria sin formas que se condensaban en aquel lienzo malogrado.
Debía decirlo pero no quería arruinar el momento. Su corazón palpitaba con fuerza, rápidamente, como si fuera a salírsele del pecho. Él se alejó un poco y el aire pareció tranquilizar su cuerpo extasiado, jadeante. Extendió la mano y lo atrajo, acercó la boca a su oído: –Es hora de abrir los ojos-, susurró. Él retrocedió nuevamente y le recorrió el rostro con la palma de la mano. El aire la tranquilizó aún más. Sabina apretó los ojos con fuerza. El calor de su cuerpo se fue desvaneciendo lentamente –es hora de abrir los ojos-, aún podía sentir la mano sobre su rostro –es hora de abrir los ojos-, su cuerpo había recobrado la calma casi por completo –es hora de abrir los ojos- y sus mejillas encendidas estaban ya serenas. Abrió los ojos.
Abrió los ojos, estaba sola.